Medicina griega: la dieta (Περὶ τῆς διαίτης)

La dieta (del griego antiguo διαίτα) es un elemento muy importante en la cultura occidental moderna. En efecto, hoy en día es una idea consolidada el hecho de que las dietas nos ayudan a adelgazar y a cuidar (algunas) nuestra salud. Pues bien, el concepto de dieta, que nos parece tan moderno, se encuentra en verdad bien desarrollado y asentado en la cultura griega.
Los médicos autores de los distintos tratados del Corpus Hippocraticum ya se interesaron por la dieta, entendida como modus uiuendi o régimen de vida. Y no les interesó poco. Conservamos un tratado llamado Περὶ τῆς διαίτης (‘Sobre la dieta’), donde hallamos llamativas observaciones sobre la salud, los alimentos y el régimen de vida, que nos sorprenden precisamente por su modernidad. Dejemos hablar a los antiguos:

«Afirmo que quien pretende componer acertadamente un escrito sobre la dieta humana debe, antes que nada, reconocer y discernir la naturaleza del hombre; conocer de qué partes está compuesto desde su origen y distinguir de qué elementos está dominado […] Si no discierne lo dominante en el cuerpo, no será capaz de procurar lo conveniente al ser humano» (Hp. Vict. 2)

«El ser humano no puede mantenerse sano sólo comiendo sino que tiene además que practicar ejercicios. Las comidas y los ejercicios presentan influencias opuestas entre sí, pero se complementan con vistas a la salud: puesto que los ejercicios físicos (πόνοι) producen naturalmente un gasto de lo acumulado, mientras que los alimentos (σῖτα) y las bebidas (ποτά) restauran lo vaciado» (Hp. Vict. 2)

«Conviene discernir la influencia de los ejercicios físicos […]: cuáles de ellos proporcionan un aumento de carnes y cuáles una disminución; y no sólo eso, sino además las relaciones convenientes de los ejercicios con respecto a la cantidad de alimentos, la naturaleza de los individuos, y las edades de los cuerpos y su adecuación a las estaciones de las localidades en que se habita, y la constitución del año. Hay que conocer las salidas y las puestas del sol, de modo que se sepa prevenir los cambios y los excesos de las comidas y bebidas, de los vientos y del universo entero» (Hp. Vict. 2)

Y a continuación se nos da la fórmula para la salud exacta:
«Si, además de esto, pudiera hallarse, en cada caso, la proporción de los alimentos y el número ajustado de ejercicios que no ofrecieran un desequilibrio ni por exceso ni por defecto, así se descubriría de manera exacta la salud de los individuos» (Hp. Vict. 2)

Ciertamente, la importancia de la dieta es llevada a sus últimas consecuencias, pues ésta puede llegar (dice) a determinar el sexo de un bebé. En efecto, en primer lugar para entender el pasaje conviene tener en cuenta que según el autor todos los seres vivos están constituidos por dos elementos: fuego y agua. Por ello:
«Las hembras, que son más afines al agua, se desarrollan a partir de comidas, bebidas y hábitos fríos, húmedos y blandos; los machos, más próximos al fuego, de los alimentos secos y cálidos y de una dieta semejante. De modo que si se quiere engendrar una hembra hay que adoptar un régimen afín al agua, y, si a un varón, hay que mantener una pauta afín al fuego» (Hp. Vict. 27)
Seguidamente, aparece una descripción de los tipos de hombres y de mujeres que existen y cómo son concebidos. Estos tipos son: el hombre fuerte de cuerpo y espíritu, el hombre menos fuerte, el hombre afeminado, la mujer muy femenina y hermosa, la mujer femenina pero brava, la mujer muy brava y masculina.

En el libro segundo, siguiendo el plan de la obra el médico (ἰατρός) describe los factores que influyen en las enfermedades, a saber, la situación geográfica del lugar, la naturaleza de los vientos, las cualidades de los alimentos y bebidas, y la función de ciertas actividades. Aunque todas las observaciones son interesantes, veamos qué nos dice acerca de las propiedades de las habas y otras legumbres:
«Las habas son algo sustancioso, pesado y flatulento. Flatulento porque los conductos no pueden acoger el alimento que les llega en masa, y pesado porque tiene pocos residuos en su nutrición. Los guisantes dan menos gases y son más nutritivos. Los blanquecinos y los alargados son más laxantes que los otros y menos flatulentos» (Hp. Vict. 45)

Y a continuación, en el libro tercero se dan al fin las indicaciones relativas a la διαίτα que, según la estación del año y las necesidades particulares de cada persona, hay que seguir. Vamos a poner a modo de ejemplo la dieta que se recomienda seguir en invierno:
«En invierno, pues, para oponerse a la estación fría y dura, conviene adoptar los hábitos de vida siguientes. En primer lugar hay que acostumbrarse a una sola comida […]. Y tomar alimentos secos y astringentes, cálidos, variados y sin mezcla, mejor comidas con pan, y mejor asados que hervidos, y para beber tintos bastante puros y en menor cantidad. Las hortalizas convienen muy poco […] y caldos muy pocos. Y muchos ejercicios de toda clase; y carreras de fondo […], y lucha libre prolongada con el cuerpo aceitado […]. Y paseos rápidos tras los ejercicios gimnásticos, lentos y al sol después de la comida, y muchos paseos matutinos, comenzando poco a poco y progresando a un ritmo vivo y concluyéndolos de manera sosegada.
Conviene descansar en lechos duros y darse caminatas y carreras nocturnas, porque todo eso adelgaza y calienta […]. Practicar el trato sexual con mayor frecuencia en esta estación, y los mayores más que los jóvenes» (Hp. Vict. 68)

Como se puede ver, en fin, estaba ya todo inventado…

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